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La industria del siglo XVIII

     La industria en el siglo XVIII tiene tendencia a instalarse en el ámbito rural, para liberarse de la presión de los gremios, y para reducir costes en la fuerza de trabajo; la del campo es más barata que la de la ciudad.

     A pesar de que en este siglo comienza el despegue de la industria, en la mayor parte de los países, para la mayoría de la población la agricultura sigue siendo la base de su economía, y de la riqueza tanto nacional como doméstica. Este sistema es, en buena medida, autárquico, y la mayoría de los obreros de las fábricas, en el mundo rural, trabajan también en el campo. Los mayores excedentes se consiguen en la agricultura, gracias a una época de bonanza y el aumento de la población, lo que favorece que parte de la población del campo busque ingresos extras en las fábricas, ya trabajando en ellas, ya con un sistema de trabajo en el domicilio.

     Otra de las características del siglo XVIII es la monetización de la vida. Todo se paga con dinero, aparece el papel moneda, y se crean los primeros bancos nacionales. Este es un cambio muy importante para las familias, ya que a partir de ahora necesitan dinero para cualquier compra, y sobre todo, necesitan moneda para pagar los impuestos a sus señores. Estos ya no consumirán las rentas en especie y en el lugar donde se producen, sino que se las pueden llevar a otro sitio, en forma de dinero.

     Sin embargo, la aldea sigue siendo el lugar habitual de consumo, con sus mercados locales, y temporales, y el escaso comercio de lujo. Sin embargo, en la ciudad aparecen los mercados permanentes, debido al aumento de población urbana, y a que cada vez más la gente que vive en la ciudad no vive del campo. Esta población necesita mercados fijos para satisfacer sus demandas. Se produce, así, un importante flujo de intercambios entre el campo y la ciudad.

     En esta época comienza, en ciertas regiones, una especialización productiva, buscando ventajas comparativas; como los relojeros de Ginebra.

     La industrialización, incipiente, implica unas nuevas formas de organización de la tarea, entre las que destaca la división del trabajo, muy efectiva para el aumentar la productividad en la fábrica. La familia campesina deja de producir sus aperos de labranza, para comprar los que confecciona la industria. Al mismo tiempo, algunos miembros de la familia trabajan en las fábricas una parte del año.

     Se afianzan los usos capitalistas en la industria y el comercio. El comerciante adquiere una posición dominante sobre el fabricante, al ser él quien vende el producto. Se observa una decadencia de la industria urbana, atrofiada por los gremios. Se tiende a la concentración productiva especializada, en busca de economías de aglomeración. Y, también, se reivindica la libertad de comercio, anquilosado por los impuestos de paso sobre las mercancías.

     En la mayoría de los países la industrialización es impulsada desde el Estado, con la creación de las reales fábricas, que están privilegiadas frente a la iniciativa privada.

     Las ciudades siguen siendo los centros de decisión, donde viven los mercaderes y los fabricantes. La ciudad es, más que nunca, el modelo de convivencia de la sociedad que está surgiendo.

     La industria textil es la más representativa del proceso, ya que es la primera que se desarrolla; puesto que la siderurgia siempre ha sido una industria rural, debido a la localización de las fuentes de energía. La industria, en un principio, tiende a instalarse en zonas rurales. Esta táctica la siguen, también, las industrias de zapatos, relojes, etc.

     Alemania y Suiza son los países más representativos, de la mano de los hugonotes, que predican un cristianismo capitalista: el capitalismo de los calvinistas. También se industrializa la Rusia de Pedro el Grande, sobre todo en los Urales, además de Inglaterra y los Países Bajos.
 

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