Si Castilla se había orientado hacia el Atlántico, Aragón había conseguido una importante base territorial en el Mediterráneo, que iba de los Pirineos, a ambos lados, hasta Grecia, pasando por Italia y el norte de África. El proceso lo culminó Felipe II en la batalla de Lepanto. Sin embargo, los Austrias sustituyen el tradicional pactismo de la monarquía medieval aragonesa por un autoritarismo absoluto.
La herencia europea de los Habsburgo es impresionante, ya que tiene bases territoriales, en los Países Bajos y en Portugal. Esta extensión de la corona de España le vale para que se formen alianzas contra ella, particularmente de Francia, Inglaterra, algunos países alemanes protestantes y el papado, de carácter antiespañol.
La disputa de la corona imperial lleva a una guerra con Francia entre Carlos V y Francisco I. Estas guerras se disputan, principalmente, en Italia, en los Estados Pontificios, ya que el Imperio tiene motivos de disputa de la legitimidad con el papa.
La guerra de los Treinta Años será la más importante en la que se verá involucrada la corona española. Es inicia en 1618 dentro del Imperio y acaba en 1648 siendo una guerra europea por el juego de solidaridades dinásticas y la defensa de intereses particulares. Esta guerra ha sido considerada, primero como una guerra religiosa, del catolicismo contra el protestantismo; pero también tenía una importante componente política, porque estaba en juego quién mandaba en la Iglesia: si el papa, el emperador o los príncipes de los distintos países. También estaba implicada la posición de social de la burguesía; una nueva clase social que despuntaba en estos momentos. Fernando II pretendían hacer del Imperio un Estado centralizado y católico, lo que era una amenaza para el poder de los príncipes luteranos. Además, las monarquías europeas pretendían acabar con la hegemonía de los Habsburgo. España pondrá sus ejércitos al servicio de la causa imperial.
Pero más
importante que las guerras fue la importación y exportación
de instituciones de unas coronas a otras. Los virreyes
eran una institución de la Corona de Aragón que se extendió
por toda la corona española, pero sobre todo se tendió a
la centralización y a la castellanización general
de las instituciones, principalmente a partir de la creación
de los consejos territoriales en 1524. Este centralismo supuso un aumento
de la burocracia. Para lograr una cierta integración
de los reinos de la corona se ponía al frente de ellos a personas
extranjeras, con lo que se pretendía evitar la consolidación
de oligarquías locales, pero que generaban muchas protestas.
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