En el 929 Abderramán III decidió proclamarse califa en virtud de los derechos de sucesión que tenía como descendiente de los califas omeyas de Damasco. Con la proclamación del Califato la numerosa familia califal se hace cortesana y domina grandes patrimonios territoriales, aunque siempre estuvo vigilada por el califa. La Corte se llenó de sirvientes y esclavos que tendrán mucha influencia. El protocolo se hizo muy complejo y será dominado por ellos. Todo en la Corte era lujo y esplendor. Se construyó para vivir una pequeña ciudad privada: Medina Azahara.
Abderramán III fortaleció la posición del islam en la península, conteniendo la frontera y sometiendo todo el al-Ándalus. Se crean poderosas oligarquías que cada vez se burocratizan más. Estas serán las constantes del califato hasta su desaparición. Durante este período se terminará la tolerancia religiosa, y se desarrollará extraordinariamente la cultura. En la época de Abderramán III coincidieron tres califas: el de Damasco, el de África y el de Córdoba.
Al igual que
sucedió con el emirato, con el tiempo el control directo de los
califas fue disminuyendo, y en las distintas coras se fueron haciendo fuertes
diferentes señores. En el año 976 es
proclamado califa Hisam II, que deja el ejercicio
del poder en manos de su lugarteniente Almanzor. Este fue quien
le ayudó a apartar a sus competidores. Almanzor es el gran guerrero
que realiza las aceifas sobre los cristianos, y que
somete a los rebeldes del norte de África. Consigue tener un ejército
propio, controlar el poder y crear una dinastía: la amirí.
Es, también, el comienzo del fin del califato. En el 981 consigue
que Hisam II declare públicamente que deja las tareas de gobierno
en sus manos, es un auténtico golpe de Estado, pero no se atreve
a sustituir al califa. A su muerte, en el 1002, le
suceden sus hijos, al-Malik
(1002-1008) y a este Abderramán Sanchuelo (1008-1009),
en el ejercicio del poder. Almanzor y sus descendientes interferirán
en la designación del califa.
La tradición
árabe atribuye el fin del califato de Córdoba
a la ambición del segundo de los sucesores de Almanzor, Abderramán
Sanchuelo. En el 1009 perdió el control
de todo el territorio, y en cuatro meses la poderosa estructura estatal
del califato se vino abajo. Entonces se hicieron fuertes
pequeños reyezuelos en las diferentes coras. Pero la ambición
de Abderramán Sanchuelo sólo fue un reflejo del poder de
la oligarquía amirí. Al-Yasubí
pretendió sustituir al califa Hisam II por un nieto de Abderramán
III. Pero la estructura básica, y el nombre del califato, se mantuvieron
gracias a los éxitos militares de las aceifas. En aquella época,
Córdoba
era la mayor ciudad de Occidente y una de las más grandes
del mundo, y centralizaba todo el poder del califato.
Cuando en el
1009
muere Abderramán Sanchuelo se desata una
guerra civil
entre los bereberes que quieren poner como califa a Mohamed
II, y la milicia cordobesa favorable a Hisam II. Mohamed II simuló
la muerte de Hisam II. La autoridad de Mohamed II sólo se
respetó en las coras del sur. En el resto de al-Ándalus se
proclamó califa, en Toledo, Sulaymán I,
que también llegó a conquistar Córdoba. Cuando murió
Mohamed II fue repuesto, en el año 1010, Hisam II, con lo que se
descubrió el engaño. Sin embargo, esto no hizo detenerse
a las tropas bereberes, que continuaban asolando
el al-Ándalus y pusieron cerco a Córdoba. Córdoba
caería en el 1013 y fue saqueada. Sulaymán I volvería
a proclamarse califa. Será un califa sin legitimidad, ya que no
es descendiente de los Omeyas.
Pero la fragmentación
de al-Ándalus ya era un hecho desde el 1009, y comenzaron a construirse
los reinos de taifas; al frente de los que se pusieron bereberes,
muladíes, árabes y amiríes con su clientela de esclavos.
Estos reyes de taifas lucharon contra Sulaymán
I hasta derrotarlo en el 1016. Se proclamó califa Alí ibn
Hamjud
que sería asesinado en el 1018, año en que será proclamado
califa un descendiente de los Omeyas: Abderramán IV, pero su gobierno
duró sólo unos días. Abderramán IV fue derrocado
por al-Qasim
ibn Hamjud que gobernaría hasta el 1023. Pero, también, hubo
de pelear con un competidor, Yahía
I, que le arrebataría el califato entre el 1021 y el 1023. Estos
tampoco son califas descendientes de los Omeyas. A estas alturas el califa
de Córdoba sólo tenía autoridad sobre la ciudad y
su alfoz. En el año 1023 se recupera la legitimidad omeya y es proclamado
califa Abderramán V, pero su gobierno fue breve. Fue sustituido
por otro Omeya: Mohamed III, que fue califa poco más de un año,
pues le arrebataría el califato Yahía I, que será
califa por segunda vez. Como el poder del califa de Córdoba no iba
más allá de la ciudad renunció, y la oligarquía
cordobesa proclamó califa a Hisam III, un Omeya, en el 1027. Desde
comienzos de siglo la titularidad del califato se
ha estado debatiendo entre la legitimidad omeya y
la ambición de las oligarquías de los
reinos de taifas, que no poseían esa legitimidad. La influencia
de Córdoba ha ido disminuyendo y es solamente nominal. En 1031
la oligarquía cordobesa se rebela contra Hisam III, el
califa es depuesto, el califato es abolido legalmente y fue sustituido
por una república oligárquica y laica
(no habrá otra en el islam hasta la Turquía de Ataturk en
1924). El Califato ha terminado.
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