Al-Safá
(750-754) se dedicó, sobre todo, a perseguir a los
fieles a los Omeyas, apartándoles del gobierno de las provincias.
Al-Mansur
(754-775) le sucedió en el califato. Se enfrentó a los
chiíes y los jariyíes, que consideraban que se les
había apartado del poder, e iniciaron una revuelta
en el 755. Los jariyíes se establecieron
en El Cairo en el 758, creando un territorio autónomo.
Pero en el 760 fueron derrotados por las tropas califales. No obstante,
fundaron un emirato en Tahert
,
en África. En el 762 al-Mansur funda Bagdad
(la ciudad de la paz) y traslada allí la capital del califato. Durante
la época abasí es la familia Barmakí
la que controla el visirato, hasta su caída
en desgracia en el 803.
A la muerte
de al-Mansur se abre un periodo de luchas por
el califato que llegan a la anarquía total
entre el 809 y el 813. Ese año logra
imponerse como califa al-Mamún
(813-833) que inició una época de esplendor
intelectual. El siguiente califa es al-Mutasim
(833-842) que no pudo mantener el califato en Damasco
y se trasladó a Samarra, en el 835. Harto de las intrigas de su
guardia personal, la sustituyó por mercenarios extranjeros,
bereberes y turcos. Los mercenarios trucos acabaron dominado
al califa, y a la institución califal, quitando y poniendo
califas a su antojo. Puede considerarse como último
califa abasí a al-Mutauakil
(847-861). Después de él los califas apenas tienen autoridad,
y son más que nada una ficción. En 1258 la
invasión mongola obliga al califa a refugiarse en El
Cairo. En 1299 Osmán I se hace con el
poder y funda la dinastía de los Otomanos que
acabarán por conquistar Bizancio, en 1453. El imperio musulmán
comienza a perder territorios y los califas no tienen ningún poder.
No obstante, la ficción se mantendrá hasta 1517, cuando los
Otomanos legalicen su poder.
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