En la economía
capitalista contemporánea, desde la revolución industrial,
la producción depende del mercado,
de las posibilidades de compraventa del producto a precios
baratos y sin trabas administrativas que lo
encarezcan innecesariamente. Nace la idea de igualdad de adquisición
de un producto, y del libre cambio. Surgen, así,
los mercados nacionales, gracias al transporte, en
los que dentro de una determinada zona geográfica
se incluye la extracción de materias primas, la elaboración
del producto y su venta. El transporte permite la creación de regiones
especializadas, que buscan ventajas comparativas. Todo esto hace
surgir la teoría de los grandes mercados, según
la cual un país sólo es viable económicamente si incluye
dentro de sus fronteras todos los procesos de producción
y venta de todos los productos que consume, sin trabas administrativas
que encarezcan los precios unitarios. Esto implica que los países
sólo son viables si tienen un tamaño
mínimo. La unidad del mercado implica la creación
de un espacio por el que circulan libremente capitales, mercancías
y fuerza de trabajo. Pero, al mismo tiempo que se crean mercados libres
en espacios lo más amplios posible, estos se protegen
de otros mercados similares y competidores,
imponiendo barreras aduaneras que dificulten la competencia
de otros productos creados en otros ámbitos. Esta dicotomía
entre mercado nacional interior, unido y libre,
y mercado internacional intervenido,
genera otros problemas. En general, no es posible producir todos los productos
que se consumen, por lo que hay que acudir a las importaciones,
en algunos casos. Entonces, aparece la necesidad de mantener el equilibrio
de la balanza de pagos. Además, la aduana servirá,
como antaño, para proteger la economía nacional de las crisis
económicas internacionales. En realidad, este es el criterio que
se sigue en el siglo XIX cuando se crean los actuales Estados nacionales,
que no están compuestos ni por pueblos, ni por criterios topográficos,
sino que la idea de nación está presidida por la creación
de un ámbito de libre circulación de capitales, mercancías
y fuerza de trabajo, en condiciones de cierta uniformidad y sin trabas
administrativas.
El mercado
pequeño deja infrautilizado el sistema productivo,
ya que es capaz de producir más de lo que ese mercado es capaz de
consumir. En estos casos se aboga por la liberalización
del mercado mundial, o la creación de un mercado más
amplio. La consecución de este mercado permite la obtención
de economías de escala y ventajas comparativas,
con lo que descienden los precios unitarios del producto. El único
obstáculo a esto son los límites que impone el transporte,
de ahí que en los comienzos de la creación de los mercados
nacionales lo primero haya sido la construcción de una adecuada
infraestructura viaria y de grandes canales de comunicaciones.
Según
el liberalismo económico, un gran
mercado es más difícil, sino
imposible, de controlar por un pequeño grupo
de productores, creando, así, las condiciones para una competencia
perfecta. Sin embargo, esto no es así,
puesto que las grandes multinacionales son capaces de controlar la oferta,
y por lo tanto los precios. No en vano se han hecho necesarias leyes
antitrust que garanticen la libre competencia, y se han tenido que
prohibir los acuerdos entre los productores de un determinado artículo.
En todos los países hay tribunales de la competencia,
y alterar el precio de las cosas es un delito.
Sin embargo,
sí
es cierto que un gran mercado proporciona precios
más baratos, al suprimir las barreras arancelarias y al proporcionar
un mayor número de consumidores, con lo que
los precios unitarios pueden bajar, porque aunque aumente la demanda, la
fábrica puede aprovechar al máximo su sistema productivo.
El incremento de las posibilidades de consumo y el aumento del poder adquisitivo
hace
crecer los beneficios y la economía.