Esta población supone un aumento del mercado interno, ya que demanda tanto productos agrícolas, como productos industriales, sobre todo textiles.
Capitales, fuerza de trabajo y mercancías son las tres cosas que el campo ofrece a la industria, y sin las cuales el triunfo de la revolución industrial hubiese sido mucho más difícil.
El aumento de población supone una carga para las familias jornaleras y los pequeños propietarios del campo, por lo que se comienza una emigración del campo a la ciudad en busca de nuevas oportunidades. Esta emigración, que en principio afecta a los excedentes de población, pronto influyen también a toda la población del campo, generando así un auténtico éxodo hacia la ciudad que dejará despobladas amplias zonas rurales.
Esta es, también, la época del desarrollo del comercio y de los sistemas de transporte, se crea una nueva tecnología de transportes, en la que el ferrocarril y el barco de vapor son los reyes, ya que pueden transportar grandes cantidades de mercancía a una velocidad que ningún otro sistema de transporte de la época es capaz de alcanzar. Además, la tecnología del transporte demanda productos industriales, con lo que impulsa la revolución industrial.
Estos nuevos
transportes se hacen necesarios no sólo en
el comercio interior, sino también en el comercio
internacional, ya que en esta época se crean
los grandes mercados nacionales e internacionales, en los que las
mercancías pueden viajar libremente por el país sin necesidad
de pagar aduanas. El comercio internacional se liberaliza, sobre todo tras
el Tratado de Utrecht (1713), que liberaliza las relaciones comerciales
de Inglaterra, y otros países europeos, con la América española.
Se termina con las compañías privilegiadas y con el proteccionismo
económico; y se aboga por una política imperialista y la
eliminación de los privilegios gremiales. Además, se
desamortizan las tierras eclesiásticas, señoriales
y comunales, para poner en el mercado nuevas tierras y crear un nuevo
concepto de propiedad.
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