Para la burguesía liberal el Juramento del Juego de Pelota el 20 de junio de 1789 y el asalto a la Bastilla el 14 de julio de 1789 son los hechos centrales de la revolución, un tanto mitificados. Pero los puntos culminantes de la Revolución francesa, y los más decididamente enaltecidos, son: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, del 26 de agosto de 1789, y la primera constitución escrita, el 3 de diciembre de 1791.
Esta interpretación mitifica el periodo de la Monarquía Constitucional y hace un repudio absoluto de la época de la Convención, no sólo del Terror. Pero este rechazo se debe no tanto a la violencia del momento, el Terror se considera cómo un mal necesario, sino por el socialismo incipiente que suponen las posturas más radicales.
Para los liberales, la Ilustración es un elemento condicionante de la revolución, el sustrato ideológico sin el cual no hubiera sido posible. Personajes como Montesquieu, Voltaire y Rousseau son los padres espirituales de la revolución.
Se considera a la aristocracia y al clero como una casta privilegiada que ocupan los puestos del Estado, y que no gobiernan en beneficio de todos, sino para mantener un sistema de privilegios caduco, lo que implicaba una mala gestión y la corrupción en el Estado.
Jules
Michelet
es el gran teórico que defiende esta postura. Para él, con
la revolución, el gran pueblo de Francia ha roto sus cadenas y ha
conseguido la Libertad. Pero, los protagonistas de la revolución
son los grandes hombres, que interpretan los deseos de la nación
y de la opinión pública para llevar a cabo la revolución.
Esta es una de las interpretaciones más extendidas en la actualidad.
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