Según
Pálmer
y Godechot
,
la Revolución francesa es una más de las revoluciones atlánticas,
que tiene las mismas aspiraciones que otras revoluciones de la zona. Esto
no deja de ser determinismo geográfico, se produce una revolución
por estar enclavado en una región. Pero, además, es muy discutible
lo de las
«revoluciones atlánticas».
Furet
y Richet
consideran que el fenómeno es más complejo. Opinan que hay
tres
revoluciones simultáneas: la de los diputados de Versalles,
la de las capas bajas y la pequeña burguesía, y la de los
campesinos.
Para la interpretación estructuralista, la Revolución francesa fue una revolución burguesa, que intentó establecer la igualdad y la seguridad personal en la legislación, de ahí el constitucionalismo y el liberalismo económico que triunfa durante la misma. El factor decisivo en su éxito fue la puesta en marcha de la reestructuración constitucional del Estado por medio de una Asamblea Nacional.
Gobban
opina que la revolución lo único que consigue es destruir
la Administración monárquica e imponer otra, republicana
y napoleónica, desconectada de todo el contexto político,
ideológico y social.
La interpretación
estructuralista se centra tanto en la evolución de
las instituciones que frecuentemente olvida los movimientos sociales
que se produjeron. Sin embargo, está es la visión de la revolución
que más está triunfando en al actualidad, aunque aún
no es la más popular. Son los historiadores modernos quienes defienden
este punto de vista.
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