El capitalismo desarrollado en el siglo XIX es fruto de una economía dependiente. Sin embargo, bastó para iniciar una tímida pero constante emigración del campo a la ciudad, y comenzar la transición demográfica. En esta época, la tasa de fecundidad comienza descender, después de que lo hubiese hecho la tasa de mortalidad.
Las fuentes de energía clásicas son la hidráulica y la eólica, pero estas energías restringen la ubicación y el desarrollo de la industria, porque están limitadas a una localización concreta. El carbón, y la máquina de vapor, liberan a la industria de la dependencia de la ubicación de las fuentes de energía, pero no de la localización de la industria de las regiones donde existe el carbón: de las cuencas carboníferas.
El ferrocarril y el barco se hacen imprescindibles para llevar los productos industriales a los mercados. Pero su autonomía depende de su capacidad para transportar el carbón que consume la máquina de vapor que los mueve. No obstante, el progresivo avance de la tecnología de producción de bienes industriales, consigue que cada vez sea menor el consumo de carbón, y que se puedan emplear carbones de peor calidad. Todo ello sin detrimento de la producción. Esto se logrará, en España, en la década de 1860. La auténtica liberación de la industria respecto de las fuentes de energía no se conseguirá hasta que en el siglo XX se emplee la electricidad como fuente de energía.
En 1891 caen drásticamente los fletes del comercio marítimo, y no se toman medidas proteccionistas, con lo que el carbón británico llega a Bilbao a un precio mucho más barato que el asturiano. La industria asturiana entra en declive y comienza el auge de la siderurgia vasca. Todavía en 1906 se impone otro arancel proteccionista que obliga a las empresas españolas a utilizar carbón nacional, para salvar del declive a la minería asturiana, pero esta ha entrado ya en franco retroceso. Esta medida sirve para resucitar algo la industria en Asturias, donde comienzan a concentrase las empresas para sobrevivir a la crisis. Sin embargo, el arancel proteccionista conlleva la reducción del mercado exterior con lo que la producción española debe conformarse con el mercado interior, y este es demasiado estrecho para consumir toda la producción.
Asturias y el País Vasco no son las únicas zonas de España donde se impulsa la industria. También en Andalucía hay un intento de construir una región siderúrgica, pero la dificultad de encontrar carbón a buen precio, y a pie de fábrica, hacen fracasar el proyecto.
En 1868 España es la primera productora mundial de plomo, pero las empresas que lo explotan son de capital extranjero, británico sobre todo, que era a donde se exportaba. Esta actividad minera tiene un importante impacto ambiental, particularmente grave en Linares, ya que el método para la obtención del mineral es la quema, que produce una alta contaminación. Hay que tener en cuenta que en la época no se hacían tales consideraciones.
También se desarrolla la minería del cobre y la de la pirita, y la industria eléctrica y química, con la fabricación de jabón, vidrio, ácido sulfúrico, etc., en las compañías de Río Tinto y Almadén, también de capital británico.
El principal
centro de producción de mineral de hierro es el País
Vasco, que tiene sus minas muy cerca de la costa, lo que le permitirá
crear una importante industria siderúrgica gracias al carbón
inglés. En el País Vasco no se trasladan las aduanas
a la costa hasta 1841, momento en le que la industria vasca queda
definitivamente integrada en el mercado español. El sistema empleado
para la fabricación de acero es el sistema
bessemer
,
que ahorra mineral y carbón y puede emplear hierros de peor calidad,
con lo que se pueden aprovechar el mineral desperdiciado que hay en las
escombreras. Pero estas siderurgias, también están dominadas
por el capital extranjero. Durante la época
del proteccionismo se construye el ferrocarril minero desde
Asturias-León-Palencia hasta Bilbao para llevar el carbón
a las industrias vascas. En 1907 los empresarios vascos
de la siderurgia ponen sus ojos en la minería marroquí de
las montañas del Rif, en las minas de Vixan,
y España inicia una política colonial sobre el norte de Marruecos,
que le llevará a una cruenta guerra.
La industria textil tiene una gran tradición en Cataluña, por lo que los productos artesanales tienen que competir con los industriales. Los empresarios catalanes del textil tienden a pedir al gobierno medidas proteccionistas. El arancel de 1826 graba la importación de productos textiles, pero también la importación de algodón.
A pesar de la invención de la bergadana, la dependencia tecnológica del exterior es casi total, porque la bergadana, por utilizar una fuente de energía limitada, no puede competir con las nuevas fuentes de energía. En 1833 se comienzan a instalar los primeros motores de vapor. Esta renovación tecnológica supone una fuerte inversión en maquinaria, lo que encarece la fabricación de los productos textiles. Esto favorece que en Cataluña aparezcan dos zonas textiles diferenciadas: una junto al mar, de donde viene la tecnología y por donde se comercializan las telas, y otra en el interior, rural, vinculada a los saltos de agua y las cuencas fluviales. Durante mucho tiempo ambas formas de producción convivirán.
Pero los capitales catalanes no sólo se invierten en Cataluña, sino que se colocan en toda España. Particularmente son importantes las inversiones en transporte que se hacen en el País Vasco, Andalucía, etc., con el fin de que sus productos abastezcan el mercado interior.
El arancel proteccionista de 1849 es una buena oportunidad para el crecimiento de la industria catalana, que aprovecha la coyuntura para renovar la tecnología. El precio de los productos textiles desciende, y el mercado aumenta. El arancel de 1891 permite la importación de algodón en rama, lo que supone una ventaja para la producción textil y la superación de la crisis.
La ferrería tradicional con horno bajo, de carbón vegetal y de hierros de alta calidad, era inviable a comienzos del siglo XIX; sin embargo, se mantenía gracias a un proteccionismo ultramontano, exigido por la burguesía vasca. A pesar de todo, la modernización era cuestión de tiempo, y hacia 1826 la mayoría de las ferrerías tradicionales habían desaparecido, o se habían modernizado. En 1831 se instala en España el primer alto horno, el de La Constancia, en Málaga. Los primeros altos hornos en el País Vasco se instalan en 1841, año en que se trasladan las aduanas a la costa. Esta siderurgia se desarrolla bajo una legislación protectora que hace competir a la fundición tradicional con la siderurgia moderna; ambas con capitales españoles. La primera siderurgia que se instala en España aparece en Andalucía pero la falta de mineral y de carbón en el país, dará al traste con ella pronto.
El hierro que se consume es producido, mayoritariamente, en el País Vasco, pero la maquinaria que se utilizaba era importada. En los años 1840 se desarrolló la siderurgia en el norte, en Asturias: Mieres y La Felguera, con un sistema de colado que utilizaba carbón de coque. Asturias tenía la ventaja del carbón que, gracias a los aranceles proteccionistas, es más barato que el de importación, y más determinante en el precio del producto que el hierro, por ser un carbón caro. Para evitar el precio del carbón, en el alto horno de El Carmen, en Vizcaya, se instala un sistema tipo chenot que consume carbón vegetal y hulla.
Con el tiempo y el avance de la tecnología se va reduciendo las necesidades de combustible para producir acero. En 1827 eran necesarias 3 Tm de hierro y 4,5 Tm de carbón para producir 1 Tm de acero. En 1836 eran necesarias 2 Tm de hierro y 3,5 Tm de carbón para producir 1 Tm de acero. En 1865 llega a España la tecnología que permite la inyección de aire caliente en el horno, lo que permite reducir el consumo de carbón drásticamente. Para producir 1 Tm de acero es necesaria 1 Tm de hierro y 1,5 Tm de carbón. Esta disminución del consumo de carbón, y la caída de los fletes que permite la llegada de mineral británico al País Vasco (en 1877), terminó con la hegemonía asturiana en la siderurgia. Los hierros vascos eran mejores y más baratos. Sin embargo, la decadencia de la siderurgia asturiana es progresiva, ya que las guerras carlistas dificultan el despegue de las acerías vasca. Tras la paz, en 1879, la hegemonía del País Vasco es indiscutible.
En 1883
la fábrica de El Carmen instala un horno con sistema
bessemer
,
lo que sitúa a la planta a la altura tecnológica de las mejores
empresas de Europa, y con unos precios muy competitivos. Sin embargo, en
esta fecha ya ha comenzado la crisis económica
de la gran depresión y las medidas proteccionistas
que se toman en toda Europa dejan a la moderna fábrica únicamente
con el mercado interior, para vender sus productos.
Este consumo es insuficiente para la fábrica.
El mercado es muy estrecho. Se compone,
fundamentalmente, de: productos para la labranza, rejas, verjas etc., que
se consumen en el medio rural; clavos, cadenas y otros productos propios
de la industria naval; cañones, fusiles, etc., que consume la industria
armamentística; ferrocarriles y barcos para el transporte; y cañerías
y mobiliario urbano, para el consumo en las ciudades. Esta demanda, además,
es, en parte, cubierta desde el exterior, ya que parte del capital invertido
en la siderurgia es extranjero. Además, el proteccionismo
dificultó la adquisición de bienes de equipo en el
extranjero, con lo que las industrias españolas se quedarían
pronto viejas, y se irían sustituyendo por importaciones. Sólo
en la última década del siglo se mitigó la crisis
internacional, y la industria volvería a surgir.
En 1872 se constituye la Sociedad Española de Dinamita en Bilbao con patente de Nobel. En 1899, en Gerona, se instala la fábrica de cementos La Esperanza con el sistema de fabricación pórtland.
También
en esta época se desarrolla la industria eléctrica.
La electricidad se obtiene de la hulla, en pequeñas
centrales que satisfacen una demanda local cercana.
Aún no está desarrollada la tecnología que permite
transportar la electricidad a grandes distancias, esto se conseguirá
en el siglo XX.
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