Pero además, y a la sombra de la crisis económica, se desarrollan los fascismos, tanto en España como en el resto de Europa.
El primer gobierno de la república se formó en julio de 1931 con miembros de todos los partidos republicanos, con el encargo de hacer una constitución. Pero la situación en la que queda la Iglesia dentro de esa constitución, provoca la primera crisis de la república, derribando al gobierno.
Una vez terminada la constitución el primer presidente, Alcalá Zamora, afronta los asuntos de: la cuestión agraria y del estatuto de autonomía para Cataluña. Estos serán los problemas centrales de la república, y los que produzcan mayores tensiones sociales.
La proclamación de la república no supuso el cambio automático de la estructura social del país, pero la oligarquía burguesa, la aristocracia y los terratenientes, perdieron el control de sus órganos de gobierno, aunque conservaron el poder económico. Se harán esfuerzos para arrebatárselo.
La tenencia de la tierra era un modelo de prestigio social, y el símbolo del control económico. Se prolongan las estructuras del Antiguo Régimen, por lo que se hace necesaria una reforma agraria, política. Aumenta el número de jornaleros y caen las servidumbres de la propiedad.
Durante la república quien toma el poder es la pequeña burguesía democrática y autonomista, modernizadora del país; y está impulsada por los intelectuales y los profesionales liberales. Pero la pequeña burguesía no fue capaz de crear una sociedad civil apropiada y sucumbió víctima de sus divisiones internas, su heterogeneidad y sus sentimientos y tendencias localistas. Además, la pequeña burguesía tampoco era muy abundante en el país. Se truncaron las posibilidades de aunarse en la defensa de unos intereses de clase comunes.
La mitad de la fuerza de trabajo campesina, española, era jornalera y la otra mitad propietaria o arrendataria de explotaciones todos los tamaños, aunque prevalecía la pequeña explotación. Para ellos la república significaba la reforma agraria política, que acabase con la gran propiedad. Esta era una lucha entre el conservadurismo y la revolución, que pretendía acabar con los latifundios y las grandes explotaciones, en favor de los más humildes. Según Malefaquis, el empresariado agrícola, los propietarios que contrataban obreros y jornaleros, eran los terratenientes absentistas que no superaban el 12% de los propietarios. La mayoría de las explotaciones agrícolas eran empresas familiares, en las que había unas duras condiciones de vida, pero que tienden a la conservación y al orden social, para poder prosperar con sus pequeños negocios. Ellos suponen un 40% en el norte y un 14% en el sur, además de un 11% de aparceros y arrendatarios.
Por último están los obreros y jornaleros que trabajan en el campo, con un empleo fijo o eventual. En el norte los obreros no superan más de un 7%, mientras que en el sur son un 13% de personal fijo. Los eventuales son un 16% en el norte y un 44% en el sur. La situación de los jornaleros es la más dura, padecen el paro crónico, y las condiciones de alquiler de su fuerza de trabajo son abusivas. Este es el grupo más revolucionario, no tenían nada que perder, el proletariado rural está dominado por los anarquistas. No se les respetó el salario mínimo debido a la abundancia de jornaleros, lo que suponía sobrevivir en el umbral de la subsistencia.
La solución del problema pasaba por las expropiaciones y la colectivización de la tierra, la reforma agraria política y la transformación radical de las estructuras de la propiedad. Los campesinos serán proclives a la acción revolucionaria, y a la toma de las tierras y la colectivización por la fuerza, como sucedió en Casas Viejas.
Con la llegada de la república y a pesar de la crisis, los salarios suben, sobre todo en la industria. Baja el trabajo femenino, principalmente en los trabajos especializados; pero, en realidad, lo que suben son los salarios nominales, y no los salarios reales, por culpa de la inflación. La mejora no afecta en exceso a las economías familiares, que siguen teniendo salarios bajos y se reduce su capacidad adquisitiva. Los precios de los productos básicos permanecen constantes a pesar de la crisis, pero las necesidades básicas no están cubiertas, ya que cada vez se diversifican más.
Con la crisis aumenta el paro, que sufre un cambio trascendental al cerrarse la posibilidad de la emigración, se incrementa exageradamente. Se crea una Caja Nacional del Seguro Contra el Paro, se conoce, así, el número de parados, y se les garantiza una cierta seguridad. En 1930 había un 4% de parados, en 1934 un 7%. Son parados estructurales, sin posibilidades de recibir prestaciones. Las regiones más afectadas por el desempleo son las provincias latifundistas. El paro aumenta tanto por la recesión de las emigraciones como por la falta de inversión, debido a la crisis económica.
La alimentación del proletariado era pobre y poco variada. Se llevaba el 64% del presupuesto familiar, el resto era para vestido, medicinas y vivienda. Con frecuencia, un solo sueldo, no llegaba para las necesidades de la familia y era necesario el trabajo femenino y el infantil, para llegar al nivel de subsistencia. Las condiciones de habitación y de higiene del proletariado eran lamentables, y eran frecuentes las enfermedades socioprofesionales. La vivienda era, en realidad, infravivienda, en sótanos, pisos de alquiler en malas condiciones en el casco antiguo, buhardillas, corrales, chabolas, etc.
Legalmente se instauró la Seguridad Social, pero hubo falta de presupuestos para desarrollarla, además de una escasa voluntad política.
En 1919 se había conseguido en España la jornada laboral de ocho horas, el descanso anual de ocho días y el descanso de un día a la semana. Se intenta mejorar la seguridad y la higiene en el trabajo. Pero todo queda en meras normas que no se llevan a cabo.
Existe un elevado
índice de analfabetismo que llega hasta un 30% en el campo.
Se hace un importante esfuerzo de escolarización, pero no más
de un 50% de los niños llegan a estudiar. Lo que más se promueve
son las escuelas profesionales. Este fracaso se debe,
en gran medida, a que toda la unidad familiar está obligada a ganar
un jornal para poder sobrevivir. En estas condiciones no se puede hablar
de hogar familiar, tal y como lo concibe la burguesía.
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