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El Imperio romano

     La expansión territorial hizo necesaria la creación de un Estado centralizado y fuerte para mantener las conquistas. La república estaba inmersa en una serie de guerras civiles que la debilitaban. Las tensiones sociales comprometían la estabilidad de las instituciones. Para resolver estos problemas se acudió al nombramiento de dictadores, a la manera de los tiranos griegos. En el 133 a.C. Tiberio Graco promovió, como tribuno de la plebe, una reforma agraria, continuada diez años más tarde por Cayo Graco. Sin embargo, acabarían asesinados en el curso de una revuelta social.

     Con motivo de la guerra contra Yugurta, Cayo Mario reclutó un ejército pagado por el Estado: el Ejército se hacía profesional. Mario venció en la guerra a Yugurta, a los teutones, a los cimbrios, a Mitrídates y, también, en la guerra social. Al ascenso de Mario y su política demagógica se opuso Sila, favorecido por la aristocracia, con lo que estalló una guerra civil. Mario murió en el 86 a.C. y Sila llegó a Roma apoyado por Pompeyo y Craso. Sila se hizo nombrar dictador vitalicio aterrorizando al pueblo. El poder recayó en el Senado, al que dominaba totalmente. Pero, con el tiempo, Sila perdió el favor del Senado y se retiró, muriendo en el 79 a.C. Fueron Pompeyo y Craso quienes recogieron su legado, en contra de la ley. Catilina intentó dar un golpe de Estado, pero fue descubierto por Cicerón.

     En este ambiente, medra en la política Julio César, de familia noble y con relaciones con Pompeyo. César fue elegido cónsul en el 59 a.C.

     Pompeyo promovió un pacto secreto con Craso y César, formando un triunvirato, y en el 56 a.C. se repartieron el imperio. César conquista las Galias. Craso muere en el 53 a.C., lo que significaba que César y Pompeyo se enfrentarían por el poder. En el 52 a.C. Pompeyo fue nombrado cónsul único y se le ordenó a César regresar a Roma. César se negó y Pompeyo recibió el encargo de defender la República romana, en el 49 a.C. César atacó Roma con sus tropas, y en el 48 a.C. venció a Pompeyo.

     En el 46 a.C. se hizo nombrar dictador y en el 45 a.C. se hizo transferir todos los poderes, fue dictador vitalicio, cónsul, imperator, praefectus mórum y pontífice máximo con lo que tenía derecho a transmitir su cargo por herencia, que confió a Octavio. La república había terminado.

     César utilizó sus poderes para realizar una reestructuración total del Estado. Debilitó al Senado quitándole la potestad de declarar la paz y la guerra, y la custodia del tesoro público. Tomó medidas populistas para arrinconar a la aristocracia, como la paridad jurídica entre los ciudadanos. Se hacía llamar divus y pidió al Senado el título de rey fuera de Roma. Pero César fue asesinado en el 44 a.C., cuando se iba a votar la cuestión.

     Tras la muerte de César, el Senado intenta recupera el poder. Estalló una guerra civil entre la República, con Bruto; y los seguidores de César, con Marco Antonio al frente. Octavio fue elegido por el Senado para hacer la guerra a Marco Antonio. Durante la guerra mueren los cónsules. Octavio presenta su candidatura, pero al ser rechazada toma Roma; y se proclama Cónsul. Pero sus escasos apoyos no le permiten gobernar solo y se alía con Marco Antonio y Lépido formando un segundo triunvirato. Esta vez no secreto sino legal, y con impérium, lo que les permitió dictar leyes y nombrar magistrados. Las tensiones entre los triunviros degeneran en guerras, de las que sale victorioso Octavio ante Marco Antonio, pero como defensor del régimen republicano.

     Octavio no podía hacerse rey, pero el Senado estaba desacreditado. Octavio hizo que el Senado le concediese poderes suficientes para ser jefe del Estado: el princes. En el 27 a.C. abandonó sus poderes, pero tras las súplicas del Senado aceptó el gobierno de las provincias no pacificadas. Esto le confería impérium, y el Senado le concedió el título de augusto (el título de imperator se lo otorgaron sus tropas y sería el utilizado, preferentemente, por sus descendientes). Se consolidaron así dos tipos de provincias: las senatoriales y las imperiales. Las senatoriales gobernadas por el Senado y que pagaban al erario, y las imperiales gobernadas por el emperador y que pagaban al fisco. Las ciudades tenían un régimen jurídico diferente. En el 23 a.C. desmonta una conjura contra él y tras ello hace que su impérium es extienda a todas las provincias y a la misma Roma. Octavio fue dueño del Estado. Asumió el cuidado de los servicios esenciales: vías públicas, policía, aprovisionamiento, etc. Para ello creó una burocracia funcionarial especializada. Lépido, que había estado apartado, muere en el 12 a.C. y se le conceden a Octavio sus títulos.

     Al asumir las magistraturas republicanas Octavio no daba la imagen de rey, pero tenía poderes absolutos. Todos los poderes se le concederán en virtud de su auctoritas, que le reconoce el Senado por su carisma, gracias a su habilidad política. Octavio pacificó el imperio y en el 29 a.C. cerró las puertas del templo de Jano proclamando la «paz romana». En el año 2 a.C. el Senado le nombra páter patriae, y tendrá el beneplácito divino. El título imperial se hizo hereditario.

     Hubo varias, dinastías como la de los Julios-Claudios, los Flavios, los Antonios y los Severos. Periodos de anarquía como los años 235 al 284, en los que el ejército quitaba y ponía emperadores. Diocleciano, un emperador puesto por el ejército, recuperó la autoridad moral y estabilizó el Estado. Las continuas luchas por el poder imperial llevarán a Roma a un período de anarquía en el que se reconocerán hasta cuatro emperadores: la tetrarquía.

     Con la llegada del cristianismo (313) el emperador se comienza a titular dóminus, por influencia germánica, con lo que se rompe la tradición romana. El cristianismo se implanta como ideología en toda la sociedad.
 

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