Los pueblos
germánicos venían acosando las fronteras del Imperio
romano desde el siglo I. Eran pueblos nómadas o seminómadas
con una sociedad estratificada: nobles, libres, libertos
y esclavos. El rey se elegía entre un miembro
de las familias nobles. Los hombres libres juraban
fidelidad
personal al jefe, y esta era la base de su poder. El contacto con los romanos
hizo que estos pueblos comenzasen a comerciar y a civilizarse, y en el
siglo II terminaron por confederase para luchar contra los romanos. Sin
embargo, mientras el poder de Roma fue sólido, no supusieron más
que una molestia. Pero a mediados del siglo III la
situación política en Roma era caótica; incluso llegó
a haber cuatro emperadores simultáneamente. Los pueblos germánicos,
francos y alamanes, hicieron incursiones destruyendo
los campamentos y las ciudades romanas hasta el norte de
África. Debido a estas incursiones se amurallaron
las ciudades, lo que contribuyó a que decayese la calidad
de vida en ellas. Sin embargo, estas no pasaron de ser unas incursiones
de rapiña, más que invasiones, ya que no pudieron
asentarse en el territorio. Más importancia tuvo la infiltración
pacífica. Muchos germanos se establecieron como colonos
en el territorio del Imperio, en las ciudades como siervos y en el ejército
como soldados, llegando a ser la guardia personal
del emperador, que con el tiempo estuvo en sus manos. Esto romanizó
muchos las costumbres de los pueblos bárbaros, que llegaron a adoptar
el latín como lengua, la religión romana y la moneda. Pero,
también, entre los romanos se empezaron a introducir costumbres
bárbaras, como la fidelidad la jefe. En el año 313 el cristianismo
se convierte en la religión oficial del Imperio y los pueblos germánicos
comienzan a cristianizarse. En el 330 Roma tiene una nueva
capital: Constantinopla. La crisis dentro del
Imperio es absoluta.
Entre las causas
que se han invocado para el comienzo de la invasión germánica
(no suficientemente explicadas) están: el empeoramiento
del clima en el norte, la explosión demográfica
de los pueblos bárbaros, el nomadismo de estos,
y la presión de los pueblos asiáticos,
hunos sobre todo (que llegaron a invadir el Imperio). Entre las causas
de su triunfo están: la superioridad militar, el establecimiento
anterior de población germánica y la crisis de las instituciones
políticas romanas.
Las grandes
invasiones comenzaron en el 401, con la irrupción
de los vándalos. Luego llegaron los visigodos, en el 403, los suevos,
en el 406, los burgundos, en el 409, y en el 410 los visigodos de Alarico
saquean Roma. Esta vez las invasiones no fueron simples razias, sino que
los saqueadores se asentaron en el territorio: los
suevos en la Gallaecia,
los visigodos en Hispania, los francos en Galia, los ostrogodos en Italia,
los brugundios en los Alpes, los vándalos en Mauritania, etc. La
crisis
política romana era tal que los visigodos llegaron a combatir
en nombre el Imperio romano. En el 476 el Imperio romano
había sucumbido en Occidente, aunque se mantendría
en Oriente, donde la capital era Constantinopla. Sin embargo, subsistieron
algunas instituciones como la Iglesia y el papado que fue el vínculo
de continuidad, y legitimidad, entre el Imperio y los nuevos reinos. Pero
el Estado había desaparecido ante los vínculos de fidelidad
personal que estructuraban la sociedad germánica. A pesar de la
aparente rapidez con que se suceden los hechos, el proceso de desmoronamiento
del Imperio romano no fue cosa de un día, ni siquiera de una generación.