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Reflexiones sobre la coeducación

    Antes de empezar me gustaría dejar claro que estas reflexiones son fruto de la experiencia personal y carecen de toda validez científica. Sin embargo, estoy seguro de que muchos profesores, en su experiencia docente, han llegado a conclusiones similares. La necesidad de cumplir la ley y la falta de soluciones alternativas válidas hacen que las cosas continúen como están.

    Todos sabemos lo importante que es la coeducación, y el que niños y niñas convivan en todos los ámbitos de la vida. El objetivo fundamental es que en la sociedad hombre y mujeres asuman como propias todas las tareas que garantizan la convivencia. Pero también sabemos que en determinadas edades los niños buscan la compañía de los niños y las niñas la de las niñas. No sólo buscan esa compañía, sino que rechazan la compañía del sexo contrario.

    En mi experiencia de enseñanza del ajedrez, unas clases voluntarias, se me ha dado la circunstancia, no buscada, de que he tenido la oportunidad dar clases a grupos compuestos por alumnos del mismo sexo. En ocasiones era fue porque desde el principio los alumnos se apuntaron así, y en otro porque otras actividades interferían en el horario y unos días tenía sólo chicos y otros sólo chicas. Sé que cuando las niñas sabían sólo que iban a ir una o dos preferían saltarse la clase, y que cuando sabían que iban a estar en mayoría acudían todas, y quienes no venían eran los dos o tres niños.

    Se pudo observar que en los grupos compuestos por alumnos de un solo sexo estos están mucho más relajados, la atención es mayor, hay menos tensión y menos competitividad. La competitividad desaparece con frecuencia, y sin embargo cuando son grupos de un solo sexo aparece la colaboración espontánea. La competencia y la colaboración son buenas para preparar para la vida, pero cuando se está enseñando cosas más básicas podrían interferir en el propio desarrollo. Me temo estas tensiones son innecesarias en el aula, y perfectamente evitables.

    Por supuesto estamos hablando de la edades en las que los sexos se rechazan (10, 11, 12 años) y no de la enseñanza en general, aunque habría que valorar también el impacto de esto en la enseñanza secundaria obligatoria (hasta los 16 años). A uno le da la sensación de que en estas edades separar a chicos y chicas en aulas diferentes (que no en colegios) tendría muchos beneficios.

    Ni que decir tiene que si esta separación se da deberíamos encontrar espacios de encuentro y mutuo conocimiento, ya que de esta manera se potencia el respeto por el otro sexo. Sin embargo, y a falta de una experiencia didáctica prolongada moderna, esta no parece la mejor opción. En España la experiencia que tenemos es la de la separación en colegios diferentes, producto de la dictadura franquista, que se mantuvo durante muchos años, ya en democracia. La desaparición de esta circunstancia ha sido, sin duda, favorable para la sociedad española.

    La otra opción es no tener la separación, pero encontrar espacios diferentes para los distintos sexos; por ejemplo, las materias básicas deberían darse conjuntas, pero debería haber asignaturas voluntarias a las que sólo se apunten chicos y materias a las que sólo se apunten chicas. El gran peligro de esto es que existan, en el futuro (en sociedad), tareas exclusivas de la mujer y tareas exclusivas del hombre, y que estas tareas reproduzcan patrones de conducta en los que la mujer está sometida al hombre y se ocupa de la casa. En la enseñanza de Estados Unidos esto se canaliza a través de la práctica de diferentes especialidades deportivas.

    Tengo la sensación de que mantener a los niños y las niñas juntos en el aula, con el modelo social actual, tiene más beneficios, pero sólo porque el separarlos puede consolidar situaciones de represión de la mujer que toda la sociedad está intentando superar. Si pudiésemos encontrar una fórmula, para que en las edades críticas de rechazo del otro sexo, separar a niños y niñas, y garantizar la igualdad de hombres y mujeres en los papeles sociales que han de representar en la vida adulta debería ser una fórmula a considerar, al menos como opción voluntaria de los padres.

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