A pesar de proclamarse
anticapitalistas, los fascistas restituyen el capitalismo
privado de las grandes compañías,
eliminando
la competencia y creando monopolios estatales. Se hacen
exoneraciones
fiscales en favor de la burguesía capitalista. Se prohíben
abrir nuevas industrias, para eliminar la competencia. Se crean
instituciones
corporativas y monopolios que mantiene el mercado
intervenido. Todos los productores están obligados a tomar
acuerdos y cumplirlos. El Estado saca a flote las empresas
deficitarias,
pero manteniéndolas privadas.
El
Estado es el gran cliente de las grandes empresas:
haciendo numerosas
obras e impulsando la industria de guerra. Los recursos se obtienen de
los impuestos y de la deuda pública. Crean, así, un circuito
cerrado de la economía
nacional, protegida
y autárquica.
La industria
ligera, y la pequeña burguesía, son los grandes perjudicados
de este sistema, puesto que no tiene la protección del Estado.
Al final, este
sistema acabará provocando la segunda guerra mundial y morirá
con ella.