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Naturaleza del fascismo

     La mayor parte de los fascismos se definen, en lo político, progresivamente; al calor del oportunismo demagógico sobre los acontecimientos políticos del país. El nazismo es una excepción, puesto que nace ya constituido como una ideología, con una literatura, antes de implantarse en la sociedad; aunque también aprovecha oportunistamente los descontentos y los fantasmas que hay en la sociedad alemana. En 1923 Adolf HitlerPronunciado /ádolf hítler/ con hache aspirada escribe Mein kampf, donde resumirá su ideología. Pero la mayoría de los fascismos nacen como una protesta instintiva, irracional y violenta que tiene como valor fundamental la acción directa, antiburocrática y antiintelectual. En Italia no asume un programa político hasta que no está en el poder.

     Para su consolidación, y para construir su ideología política, utiliza varios elementos anteriores a él, que están en la sociedad. Su originalidad está en que los asocia y los utiliza demagógicamente. De esta forma consigue la adhesión de sectores de la sociedad que de otra forma nunca le hubieran apoyado. Estos elementos son: la reacción nacionalista, la reacción contra la democracia parlamentaria, la reacción tradicional y la crisis económica.

La reacción nacionalista

     Uno de los argumentos que el fascismo utiliza más demagógicamente es el del nacionalismo humillado y traicionado. El nacionalismo fascista es, al igual que el del siglo XIX, integrador y expansionista, pero, a diferencia de aquel, es represor y excluyente. La nación es un mercado libre y grande, según la teoría de los grandes mercados que se desarrolla en el siglo XIX, pero en la ideología fascista degenera en la teoría del espacio vital, según la cual una nación debe dominar los espacios que le suministran materias primas y mercados. Además, debe tener bajo su dominio una zona de seguridad nacional. Esto les lleva a tener una política exterior expansiva, por medio de la guerra.

     El sentimiento nacionalista es muy fuerte en Italia, que aunque forma parte de los aliados, vencedores de la primera guerra mundial, se siente como una nación agraviada; porque cree que no recibe lo que le corresponde como vencedora de la guerra, y se ve menospreciada en favor de Yugoslavia.

     Las instituciones son las garantes del sentimiento nacional, sobre todo el Ejército. Son los excombatientes los que se sienten más frustrados. Para ellos el sacrificio de sus camaradas ha sido en vano, y eso es algo que no están dispuestos a permitir. Sus acciones reivindicativas son violentas, y van dirigidas contra el gobierno y las instituciones democráticas, que son corruptas. Este sentimiento no sólo afecta a Italia sino, también, a Francia, Alemania, España y Portugal. En Italia se organizan en fascios, y dan nombre a la ideología y el movimiento. En Francia se organiza la Liga Francesa, en Alemania el Partido Nazi, y en España, que tiene en la guerra de Marruecos su desagravio particular, Falange. Aunque todos son fascistas, cada uno de ellos tiene su originalidad y se diferencian entre sí. Como buenos nacionalistas buscan sus señas de identidad.

La reacción contra la democracia parlamentaria

     Otro de los elementos ideológicos que utilizan es la reacción contra la democracia parlamentaria, que en los años de la posguerra, aún habiendo salido fortalecida de la contienda, sufre un descrédito general debido a la crisis económica de los años 30. El fascismo reacciona contra el liberalismo y el libre mercado triunfador en 1918, ya que el gran capital pretende intervenir la economía en su favor.

     En ciertos sectores, la demagogia intenta mostrar a la democracia como ineficaz para resolver los problemas, sobre todo de orden público (muchas veces causados por ellos) que se ve alterado por las reacciones revolucionarias socialistas. En Alemania se instaura la República de WeimarPronunciado /véimar/, que se considera como el símbolo de la derrota en la guerra, con un régimen democrático.

     Las dificultades económicas y las agitaciones sociales hacen aparecer a la democracia como un sistema ineficaz para resolver sus propios problemas y defender «los intereses de su país». La democracia sufre una crisis, en sus instituciones, en todo el mundo. Se cree que la división en partidos implica la división interna del país, en contra de un «proyecto nacional» común. El objetivo nacional es la negación del individualismo, la subordinación al grupo, la defensa del interés y los derechos nacionales, todo el pueblo coherentemente unido en una mística comunitaria en la que es necesario suprimir la diversidad y someterse a la dirección única, al jefe, que es el que conoce el fin último de todas las acciones.

     El fascismo es antiliberal, ya que está en contra de todas las libertades que puedan debilitar a la autoridad y el poder de cohesión del grupo.

     Para mantener la demagogia, el fascismo es antirracional, no apela a la razón para convencer e imponer sus tesis, sino que apela al sentimiento irracional. Esto les hace despreciar el intelectualismo, y tener una mística por la fuerza física, la violencia, la juventud, el ejército y la acción directa que se salta todos los trámites burocráticos.

     El fascismo es una ideología económicamente intervencionista, ya que su objetivo último es favorecer los intereses del gran capital nacional.

La reacción tradicional

     El fascismo no es la reacción tradicional, no son los monárquicos que añoran el absolutismo y la restauración del Antiguo Régimen, por más que en España se aliasen con los carlistas, que sí eran la reacción tradicional. Son un producto de la sociedad capitalista surgida en la Revolución francesa. Apelan a la soberanía nacional, y utilizan para legitimarse los plebiscitos y las elecciones, incluso suelen tener ascensos plenamente democráticos. Tienen un compromiso con la Revolución francesa que se observa en sus ideas publicitarias de igualdad y justicia social. Organizan la sociedad capitalista a través de los sindicatos verticales, tienen una política social paternalista y hacen una apuesta decidida por la industrialización y por lo moderno, como los futuristas italianos.

     El origen social de sus militantes no es la antigua aristocracia, sino la pequeña burguesía y el proletariado descontento o parado, que serán quienes formen los cuadros dirigentes de los partidos. Sus militantes son parados y marginados y las clases medias empobrecidas por la crisis económica. La clase media aboga por un régimen que controle el mercado en favor suyo.

     El fascismo no es una ideología igualitaria, sino que acepta el dirigismo de la elite que forma el partido y que se personifica en la figura del jefe.

     La burguesía les tolera, y les utiliza para contener los procesos revolucionarios de la izquierda, durante los años 30. La burguesía les subvenciona y les vota, e incluso les ayuda a conseguir el poder. Pero una vez que están en el poder les tienen en contra, debido a sus excesos.

     La lógica del fascismo les lleva a la obediencia al jefe y al poder del partido que manda en el Ejército. El Estado depende del partido hasta llegar a confundir Estado y partido.

     Pretende la supresión de la lucha de clases en pos de un «proyecto nacional» cuyo plan sólo conoce el jefe.

     El fascismo es una ideología racista, que mitifica la raza dominante, dominadora del mundo, y mitifica su pasado. En Italia se mitifica la grandeza de Roma, y se recupera su saludo tradicional con el brazo en alto y estirado; en Alemania se mitifica el pasado celta y se recupera la cruz gamada; y en España se mitifica la Reconquista y el Imperio y se recuperan el yugo y las flechas, símbolo de los Reyes Católicos.

     El racismo se fundamenta en la desigualdad de las razas, y se mitifica a la propia raza, que es la depositaria de todas las virtudes. Es el caso de la apología de la raza aria en Alemania, a la que se considera la única que ha sido capaz de crear una «cultura» y la única que puede crearla. Este racismo no es gratuito ya que lo que pretende es comprometer a la «raza» mayoritaria de la sociedad en su proyecto, asegurándoles que ellos son los beneficiarios de las ventajas que se derivan de su sistema político, marginando a parte de la población.

     La crisis económica hace del fascismo, que era un fenómeno residual, un movimiento masivo, durante los años 30. La demagogia y la mística servil hacen de los fascistas un grupo violento fácilmente manejable que se utiliza como fuerza de choque contra las organizaciones obreras.

     Su ideología les lleva a mitificar, también, la guerra como medio de conseguir sus objetivos y como manera de regenerar la sociedad. Esto supone una política exterior agresiva, un revanchismo nacionalista por los resultados de la primera guerra mundial. Un proyecto unificador de lo que se supone «el país».

     No se pueden avivar las pasiones sin ponerles un objetivo a medio plazo, y no se puede alentar la guerra sin declararla en algún momento. El ascenso al poder en varios países de regímenes fascistas abocó a Europa, y al mundo, a una segunda guerra mundial.

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