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Mística y demagogia

     El fascismo no apela a la razón para lanzar sus consignas, sino al sentimiento. Utilizan la mística y la parafernalia publicitaria, la demagogia, para lanzar a las masas contra los obreros revolucionarios; obreros que son de su misma clase. Tienen una organización paramilitar, y anteponen las virtudes de la acción directa frente a la negociación y la burocracia. La violencia y la corrupción son sus formas fundamentales de actuación.

     Recurren a la fe irracional. La razón desmontaría todas sus tesis demagógicas. La lógica de lo que sucede se basa en el embaucamiento. Para ellos la solución está en la defensa de un interés general, nunca bien determinado, que sólo conoce el jefe, y al que hay que obedecer ciegamente porque es el único que tiene todas las claves y el que sabe para qué sirve lo que se está haciendo. Este proyecto nacional implica la disolución del individualismo en el grupo que le acoge. Dentro de este grupo tiene una misión que le supera. Es el recurso a la fe, al misticismo y la obediencia ciega al hombre guía, al dictador providencial, la jefe salvador. Se recurre, también, al mito de los muertos caídos por la patria, en combate.

     La propaganda es el medio fundamental para despertar y favorecer la mística demagógica. Se emplean todos los medios que la tecnología más moderna pone a su alcance, iluminación y altavoces, la radio, etc. Se usa todo tipo de símbolos, y se repiten las consignas sin pensar, a modo de oraciones. Se apela a la sugestión de la palabra y el discurso demagógico en los mítines y reuniones que despiertan la pasión emotiva. Para ello, utilizan las grandes reuniones y escenografías, desfiles y uniformes que se convierten en fetiches.

     Su discurso se fundamenta en un anticapitalismo demagógico y pequeño burgués. No hace falta demostrar sus afirmaciones: lo dicen y basta. Este discurso cala en las personas menos ilustradas, y en las que más afecta la crisis. Se acusa de todos los males a las potencias extranjeras, a los judíos, banqueros, prestamistas y usureros, al socialismo marxista, etc.; en el fondo, a los competidores del gran capital nacional.

     El corporativismo burgués hace creer que la lucha de clases se superará con la colaboración de la burguesía y el proletariado, en un proyecto nacional común. Nace, así, la idea del sindicalismo vertical, gremial, en el que se pone el acento en la ayuda mutua (curiosamente este es un concepto nacido en el anarquismo), pero que está controlado por la gran burguesía. Se trata de erradicar, con este método, la lucha de clases: para ello hay que perseguir a los socialistas.

     Ninguna de sus afirmaciones se sostiene racionalmente, ni resiste un análisis medianamente riguroso, por eso es necesario recurrir a la fe y a la demagogia. Esto no quiere decir que no haya gente culta entre los fascistas, pero estos son los que lanzan las proclamas y pertenecen al partido como dirigentes, se aprovechan del partido y de sus militantes.

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