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La tasa Tobin, mitos y realidades

    Artículo de Jesús Lizcano Álvarez, publicado en El País el 9 de febrero del 2001 y encontrado en http://www.attacmadrid.org/Documentos: Prensa Jesús Lizcano Álvarez es director de la revista Encuentros Multidisciplinares. Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad Autónoma de Madrid.

    El momento actual puede ser propicio para un debate abierto en torno a la tasa Tobin. Aparte de que el comienzo de siglo pueda incitar al desarrollo de nuevas ideas, nos encontramos ahora ante un amplio cuestionamiento de una teoría u ortodoxia económica (economics) que cada vez se aleja más de la realidad económica (economy), y que está originando en numerosas universidades de diversos países un amplio movimiento contestatario contra la que se considera enseñanza obsoleta y continuista de unos postulados económicos claramente divergentes con la realidad. Por otra parte, se puede contrastar desde hace tiempo el enorme grado de volatilidad e inconsistencia de unos mercados financieros que se columpian fuertemente en el espacio y en el tiempo, con una inusitada variabilidad e impredictibilidad, en lo que se podría llamar una globalización caótica del riesgo financiero.

    En este contexto nos parece interesante matizar algunos de los mitos existentes en torno a la tasa Tobin, y suscitar con ello un cierto debate divulgativo sobre esta propuesta.

    Recordemos que se trata de una propuesta lanzada inicialmente por el economista norteamericano JamesPronunciado /yéims/ Tobin, de la Universidad de YalePronunciado /yeil/ (premio Nobel de Economía en 1981), la cual consiste básicamente en fijar una pequeña tasa impositiva, el uno por mil, sobre las transacciones financieras especulativas, concretamente las realizadas en los mercados internacionales de divisas. De esta manera, en primer lugar se podrían reducir (al hacerlas menos atractivas) las continuas compras y ventas de divisas que se hacen diariamente por millones con carácter de apuestas especulativas (una compra y una venta realizadas en el plazo de uno o dos días, por ejemplo, tendrían que superar como mínimo el dos por mil de rentabilidad esperada en esas apuestas, debido a la citada tasa sobre ambas operaciones); con ello, se limitaría el volumen y el nivel especulativo de dichos mercados cambiarios. En segundo lugar, la aplicación de esta tasa generaría a nivel mundial un importante nivel de recursos financieros, que se podrían destinar a importantes fines sociales, fundamentalmente en los países del Tercer Mundo. En resumen, esta medida podría contribuir a una mayor estabilidad mundial de los mercados financieros internacionales, y de paso, se podrían mejorar los desequilibrios y necesidades acuciantes de una buena parte de la población mundial.

    Se estima que el importe de las operaciones que diariamente se realizan en los mercados de divisas superan los 1,8 billones de dólares, esto es, más de 315.000 millones de pesetas. Ello significa que, aunque llegase a disminuir el número de estas operaciones especulativas, se podrían generar cada año unos recursos de entre 150.000 y 250.000 millones de dólares, esto es, entre 27 y 45 billones de pesetas, recursos con los que se podrían hacer bastantes cosas en el contexto económico internacional.

    Pues bien, respecto a esta propuesta de Tobin existen y circulan diversos mitos, sobre los cuales nos vamos a permitir realizar algunas observaciones y comentarios.

    Primer mito: La tasa Tobin es una propuesta «de izquierdas». Esta afirmación no es cierta. Aparte de su origen norteamericano, esta propuesta no puede etiquetarse sólo de izquierdas, sino que asimismo puede constituir un exponente de una derecha que se considere moderna, progresista y liberal (esto es, la que persigue una mínima libertad para los individuos, en especial los más desfavorecidos). Claro que puede ocurrir que si en algunos países y mentalidades se identifica la derecha con la expresión más rancia del libre mercado (opuesta a la de un mercado más libre), con los casinos y los especuladores financieros, esa derecha quedaría, desde luego, al margen de esta propuesta. Hoy día las formaciones políticas de derecha no deberían dejar a las de izquierda el monopolio de una medida de suma positiva como la tasa Tobin, la cual podría servir (al potenciar sustantivamente a los países menos desarrollados) para ampliar el libre comercio internacional, e impulsar, en definitiva, la economía real frente a la economía financiera, cuestión ésta que marcará el debate económico en este nuevo siglo, más que el clásico debate entre una economía de derechas y una economía de izquierdas.

    Segundo mito: la tasa Tobin es una utopía, sin ningún respaldo en la práctica. También esa afirmación es falsa. Basta recordar al respecto que sólo en el año 2000 esta tasa ha recibido importantes respaldos, no solamente en la sociedad civil internacional, sino en muy diversas instituciones políticas nacionales y supranacionales. Así, el propio Parlamento Europeo debatió en el mes de enero una propuesta sobre la creación de esta tasa, resultando una votación de 223 votos a favor y 229 votos en contra (con 36 abstenciones), lo que da idea del equilibrio político a nivel europeo en relación a esta propuesta. Hay que recordar, por otra parte, que instituciones como el Parlamento de Canadá o el Gobierno de Finlandia han aprobado propuestas favorables al respecto, y que asimismo se ha debatido la tasa Tobin en los Parlamentos de países como Estados Unidos, Gran Bretaña y Brasil, estando en proyecto el debate parlamentario en otros varios países. Este nivel de propuestas y de debates políticos de la tasa Tobin creemos que viene a desacreditar la extendida afirmación de que constituye la propuesta lunática de unos pocos.

    Tercer mito: la tasa Tobin es técnicamente inviable. Tampoco es cierta esta afirmación. El argumento básico que la respalda es que resultaría muy complejo y burocrático establecer una tasa de este tipo en todos los países del mundo, aparte de que ello fomentaría la deslocalización de capitales hacia los paraísos fiscales, que no aceptarían instaurar esta tasa. Frente a este argumento cabe recordar que en la actualidad los mercados mínimamente eficaces y automatizados se mueven a través de transacciones financieras electrónicas, realizadas por medio de bancos y entidades financieras, vinculados a los sistemas nacionales de pagos y supervisados por los respectivos bancos centrales. Aunque queda aún camino para la homogeneización técnica de estos sistemas, desde un punto de vista tecnológico no habría demasiados problemas para la operatoria práctica de esta tasa, con un sistema de liquidaciones periódicas, y la fijación de un control rápido y eficiente ex-post sobre las mismas. A estos efectos debería tomar protagonismo el Banco de Pagos Internacionales, organismo de cooperación monetaria internacional entre bancos centrales.

    En lo referente a la diversidad de países y los posibles escapes de esta tasa planetaria, hay que tener en cuenta, en primer lugar, que cerca del 83% del tráfico mundial de divisas está concentrado en sólo ocho plazas financieras (Londres, Nueva York, Tokio, Fráncfort, París, Singapur, Hong Kong y Zúrich), lo cual relativiza el problema de la dispersión al implantar y controlar esta tasa. Además, en el caso de una adopción legal de la misma, los bancos centrales podrían penalizar (rechazando las operaciones monetarias con ellos) a aquellos países (o paraísos fiscales) que no respetasen el pago de esta tasa legal.

    Cuarto mito: el reparto de los fondos generaría tensiones, desigualdades y corrupción en muchos países. Ésta es la afirmación menos racional y en todo caso menos preocupante. Creemos que lo que genera tensiones y desigualdades es fundamentalmente la inexistencia o la escasez de recursos más que la forma de repartirlos. En todo caso, es tan grande el nivel de carencias y necesidades a nivel mundial, y tan importante el volumen de recursos que se podría generar con la citada tasa, que estamos seguros que la comunidad internacional encontraría vías para consensuar un ranking de preferencias y de actuaciones. A modo de modestas propuestas a este respecto, creemos que uno de los destinos primeros podría ser aliviar o condonar la deuda externa de los países del Tercer Mundo, la cual alcanza ahora globalmente los 2,3 billones de dólares, o, lo que es lo mismo, la previsible recaudación de un solo año de la tasa Tobin. Otra posibilidad sería la de dedicar fondos a la creación de un seguro mundial contra catástrofes naturales, para que de una forma rápida y mínimamente eficiente se pudieran cubrir los efectos (al menos los económicos) de terremotos, inundaciones, etc., que inexorablemente asolan y asolarán a unos o a otros países. La lista de necesidades y de objetivos sería, en todo caso, muy amplia.

    Por otra parte, y de cara a un análisis efectivo de las posibilidades y vías de implantación de esta propuesta, nos parecen muy necesarios los trabajos y las aportaciones de un grupo multidisciplinar que se crease a tal efecto, y que de forma rigurosa y mínimamente objetiva (sin intereses ideológicos o políticos) pudiera establecer un método de trabajo y de operatoria para la hipotética implantación de esa tasa. Serían necesarios expertos procedentes del ámbito de la fiscalidad, la sociología, la estadística, la ciencia política, la macroeconomía, los mercados financieros, la geografía económica, e incluso de las matemáticas y la ingeniería informática.

    Finalmente, y a modo de resumen, pensamos que la tasa Tobin, al margen de las dificultades inherentes a un proyecto de tal naturaleza, no parece que sea una propuesta tan utópica o tan inviable a medio plazo como algunos piensan. Esperemos que los políticos de todos los colores y de la generalidad de los países de la comunidad internacional puedan estar a la altura de los ciudadanos y de una sociedad moderna como la actual, y permitiéndose una salida del tiesto de la mustia y poco creíble ortodoxia económica, puedan regalarnos, haciéndola realidad, esta primera iniciativa fiscal de ámbito mundial, que, además de incrementar la estabilidad y la eficiencia a largo plazo en el sistema económico internacional, podría servir para que muchas más personas se convencieran de las bondades efectivas de una sociedad realmente global.

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