También se desarrollan espectacularmente las actividades de servicios. Es la forma que tiene el sistema capitalista de repartir las rentas, y que la mayoría la población no se dedique a la producción de artículos.
El transporte individual, la información, la comunicación y el ocio consumista son las señas de identidad de esta etapa.
El gran impulsor de este tipo de economía de consumo de masas es la clase media, con rentas que les permiten adquirir bienes, pero no acumular capital.
El Estado tiende a cubrir muchas necesidades que poco a poco se van haciendo básicas, como la educación o la salud. Es lo que se conoce como Estado del bienestar.
Esto implica un cambio en el concepto de pobreza, que ya no se mide por las rentas sino por la capacidad de consumo. Los pobres se recluyen en guetos, en un proceso de segregación espacial y marginación. No obstante, en los países desarrollados todo el mundo puede comer y tener las necesidades básicas cubiertas, cosa que no ocurre en el Tercer Mundo, donde el hambre es un mal endémico y las políticas económicas aplicadas impiden la ayuda y la distribución de la riqueza.
Sin embargo, en la sociedad actual de los países ricos no basta tener las necesidades básicas cubiertas; la sanidad, la educación y la cultura son necesidades que nadie, en los países desarrollados, puede renunciar y a las que tienen derecho.
La vida urbana crea nuevas necesidades: de vivienda, equipamiento, transporte, vestido, etc. creadas, en su mayor parte, por la publicidad. Muchas de estas necesidades suponen un aumento del consumo de energía.
El crecimiento de la población agrava coyunturalmente los problemas, ya que amplía el número de gente que debe cubrir esas exigencias.
En el Tercer Mundo no existen los mecanismos necesarios para que la población acceda a los niveles de consumo que se les ofrece.
La publicidad es el gran creador de necesidades, las cuales aumentan en la medida que esta es capaz de lanzar nuevos artículos al mercado.
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