La inflación de los precios al consumo provoca una deflación de los precios de las mercancías y un incremento de los costes de producción. Este mecanismo, junto con la superproducción, está en la base de la crisis de 1929. La abundancia de oferta provoca la ilusión de recursos inagotables y la posibilidad de producir siempre por encima de la demanda. Esta falsa impresión de riqueza, hace creer a la gente que con más dinero se vivirá mejor, pero esto, que es cierto si aumentan unas pocas rentas, no se cumple si aumentan todas las rentas, ya que la inflación hace subir los precios, y que se pierda poder adquisitivo en general. Entre 1969 y 1997 la peseta ha perdido alrededor de un 300% de su poder adquisitivo.
La inflación es un fenómeno secular, pero si bien es cierto que antes de la segunda guerra mundial producía pánico, hoy, más bien, produce indiferencia y resignación, ya que los sueldos suele subir en la misma proporción, con lo que no se pierde poder adquisitivo; y las empresas pueden asumir ese incremento de los sueldos gracias al aumento de los beneficios; con lo cual se llega a un equilibrio bastante estable.
La inflación sube a causa del aumento de la demanda, lo que provoca un alza de los precios, y supone una disminución de los costes unitarios. La primera víctima de la inflación es el ahorro privado en dinero contante, ya que la misma cantidad de dinero sirve para consumir menos cosas. Esto implica una disminución de las tasas de ahorro y de la posibilidad de inversión.
Para reducir la inflación lo más común es elevar los tipos de interés, pero esto implica encarecer el dinero, con lo que disminuye la inversión y aumenta el paro.
![]()