Desde el comienzo de la revolución industrial, la técnica y la ciencia han proporcionado a la agricultura métodos y técnicas de cultivo que aumentaban la productividad de la tierra, pero será a partir de 1944 cuando este proceso adquiera dimensiones de revolución. Este progreso era necesario para asegurar el aporte alimenticio a todo el mundo, pero ha incurrido en muchos errores.
En realidad, la esencia de la revolución verde son: las variedades de altos rendimientos, las semillas VAR, con todos los insumos necesarios para incrementar la producción desde los niveles tradicionales al doble o más. Nuevas semillas más resistentes y nuevos insumos que permitieron ampliar el ámbito ecológico de las especies cultivadas. En general, son semillas de ciclo corto y poco sensibles al fotoperiodismo.
Las semillas tradicionales son fruto de la selección secular empírica, en la que se han ido eligiendo las variedades que daban más rendimiento. Pero las VAR son semillas modificadas genéticamente para dar un rendimiento mayor en cualquier sistema ecológico. Sin embargo, para que den ese máximo rendimiento necesitan unos determinados insumos: abonos especiales (químicos), agua y pesticidas. Además, es necesario eliminar las malas hierbas que compiten por la tierra, combatir las plagas, viejas y nuevas, y asegurar el regadío. Frecuentemente, si falta alguno de los insumos la cosecha cae por debajo del rendimiento habitual. Los fertilizantes son tan necesarios como las semillas. Esto implica que la producción agrícola necesita de grandes capitales.
En los países subdesarrollados este es un problema añadido, ya que su dependencia de los países ricos en cuestiones agrícolas es total. Además, las semillas VAR son las que se consumen en los países ricos, con lo que la producción agrícola debe ir destinada a la exportación.
Sin embargo, es indiscutible que la revolución verde ha aumentado el volumen de la cosecha por hectárea, y permite una doble cosecha, sobre todo en los países ricos. Al mismo tiempo ha generado una importante industria en torno a la creación de semillas e insumos, y su distribución. Por otro lado la mecanización del campo reduce el empleo de la fuerza de trabajo.
Cada vez es más importante la investigación en ingeniería genética de las especies alimenticias, pero también en los recursos más productivos autóctonos, la agricultura biológica, que pretende utilizar el menor número de insumos posible, aprovechando la capacidad de la naturaleza para producir.
También en el ganado ha entrado la revolución verde con la administración de hormonas y la selección genética.
El uso masivo de insumos químicos puede producir problemas de contaminación, tanto del medio como de los mismos alimentos, con lo que pueden aparecer problemas de salud.
La introducción de la nueva economía colonial capitalista suponía la destrucción de la economía tradicional de subsistencia y de los modos de producción de las civilizaciones indígenas. El modelo agrícola que se establece es la economía de plantación especulativa, que funciona como una empresa de producción, con trabajadores asalariados y utilizando todas las ventajas de la tecnología y la ciencia. Se crea un proletariado rural indígena desvinculado de las tradiciones de su civilización: aculturado. Este tipo de economía es muy inestable, ya que el régimen de monocultivo y, la dedicación de la producción al mercado internacional, hace depender su prosperidad de los precios internacionales de los bienes.
La producción de las plantaciones está dedicada al comercio internacional y no al consumo interno y, además, sus productos son los que corresponden a la dieta de los países desarrollados, que no coincide con las costumbres alimenticias tradicionales de los países productores.
No obstante, la revolución verde permitió a los países desarrollados, tras la descolonización, producir todo el alimento que era necesario para las demandas alimenticias de su población. Esto supuso una caída de los precios internacionales, y una descapitalización en los países con economía de plantación. La descapitalización de las plantaciones significó la imposibilidad de introducir mejoras e insumos que permitieran aumentar la productividad. En estos países se da una dualidad en el régimen de tenencias de tierras; por un lado está la gran propiedad y el latifundio, dedicado al monocultivo de plantación y desvinculado de la agricultura tradicional (aunque cada vez más está en manos autóctonas, sin embargo, no son ellos los que ponen los productos en el mercado); y por otro lado está la pequeña propiedad, en la agricultura tradicional de subsistencia, donde predomina el minifundio y las tierras comunales, de las que frecuentemente se ven privadas, por las plantaciones.
Las técnicas de producción de la agricultura de plantación implican un esquilmo progresivo de los recursos, ya que se cultiva una tierra hasta que se agota, luego se abandona y se rotura tierra nueva. La tierra abandonada está a merced de la erosión y, frecuentemente, surgen crisis ecológicas locales que impiden la regeneración del bosque o la utilización de la tierra para otros cultivos.
Las plantaciones son las grandes beneficiarias de las inversiones en el Tercer Mundo y de los planes de desarrollo. Las infraestructuras de regadío, los abonos a precios bajos, las subvenciones para la modernización de las explotaciones, etc., sólo pueden ser aprovechadas con ventaja por las plantaciones que disponen de capital suficiente para introducir mejoras, y no se pueden beneficiar de ellas los que viven de la agricultura tradicional, que son los desfavorecidos del Tercer Mundo.
En estos países la reforma agraria es una cuestión permanente. Pero la reforma que se plantea no afecta al régimen de tenencia de tierras, sino que es una reforma técnica y tecnológica de tipo liberal, con lo que se consigue introducir la propiedad privada donde existe, o donde predomina, la propiedad comunal. Este estado de cosas beneficia, sobre todo, a los países ricos, ya que se crean latifundios, y se arriendan las tierras en las peores condiciones para los más débiles.
![]()