El arte egipcio se caracteriza por su gigantismo, su hieratismo y su serenidad. Sólo la vida espiritual es digna de representación.
Para los griegos el arte busca el hombre ideal, sin defectos, y para los romanos el hombre real, el retrato, en el que se destacan las virtudes del hombre concreto. Se busca la perfección del cuerpo humano; para lo que se utilizan arquetipos en perfecto equilibrio.
No obstante, el concepto de belleza es algo que cambia con el tiempo, la sociedad y la cultura. Esta identificación de la belleza como imitación de la realidad, como abstracción de la realidad concreta para mostrar la esencia del hombre y la naturaleza tiene mucho que ver con el mito de la caverna de Platón, según el cual lo que vemos no es más que un reflejo deformado de una idea perfecta (dicho a lo bruto). Así pues, para la Grecia clásica lo que el arte debía reflejar no es la realidad concreta sino la realidad idealizada en sus formas perfectas. Perfección que se substanciaba en el canon: la relación entre sección y altura, y la proporción entre todas las partes, las proporciones del hombre. Es, pues, una opción cultural y no universal.
No tuvieron este ideal ni egipcios, ni mesopotámicos, ni persas, ni chinos, ni indios, ni los pueblos precolombinos, y los romanos sólo en parte. La vigencia de ese ideal en nuestro mundo occidental de hoy se debe más a su revitalización durante el Renacimiento que a una continuidad cultural, rota, en buena medida, durante el Románico y el Gótico.
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