Los mejores ejemplos de retratos se encuentran en la necrópolis egipcia de El Fayum. Son retratos pertenecientes al siglo II, en su mayoría. Allí, desde la época helenística, persistía la costumbre de momificar a los muertos; pero en los sarcófagos, en lugar del tradicional relieve pintado, se colocan retratos del difunto. Estos retratos, pues, derivan directamente de la tradición de la pintura helenista. La sequedad del clima ha permitido la conservación de unas tablas pintadas al temple o con cera de abeja. Estos retratos representan, muy a menudo, a personas jóvenes. En muchos casos se ha comprobado que más jóvenes que los difuntos, por lo que debían ser retratos que el fallecido se había hecho en vida. La pintura sería un elemento habitual de la decoración de la vivienda.
Mejor conocida es la pintura paleocristiana. Utiliza las mismas soluciones formales que la pintura habitual en su tiempo, pero es la primera manifestación de expresión cristiana, por lo que la pintura tiene como originalidad el simbolismo de lo representado. Son motivos paganos que implican figuras religiosas, como el buen pastor o los panes y los peces. Por primera vez, las figuras no tienen una lectura directa, sino que representan otra cosa. Los cristianos eran perseguidos y debían ocultar sus símbolos. A partir del siglo III hay una mayor tolerancia y se define el universo de formas cristianas, no con imágenes simbólicas, sino alegóricas, como el crismón, el cáliz, etc., y escenas narrativas del Nuevo Testamento. Empieza a haber una coherencia en los temas, según las directrices eclesiásticas. Estas pinturas e encuentran en las catacumbas de Domitila, en las casas de los cristianos o en el baptisterio de Dura-Europos del siglo III, por ejemplo. En el siglo IV el cristianismo se hace la religión del Estado, y por lo tanto es el arte oficial. Con esto alcanza una notable perfección técnica y su mayor complejidad. Se hacen también mosaicos, y aparecen en todo tipo de edificios, como en Rávena.
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