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La pintura prehistórica

    La pintura prehistórica no narra, nuestra. Muestra la realidad inmediata al ser humano, aquella que el hombre necesita dominar para poder subsistir en un entorno que le es hostil, al que ha de enfrentarse continuamente y de cuya hostilidad él mismo forma parte. Por ello, esta pintura, consecuencia de la necesidad más que del disfrute, es extraordinariamente económica y, a la vez, contundente en sus formas, unas formas que nosotros, milenios después se nos pueden aparecer como bellas. No hay nada de superfluo en la pintura de cualquiera de los cientos de cuevas que conservan los primeros indicios de la capacidad creativa humana. Las imágenes que convierten las paredes rocosas de las cavernas en santuarios del arte responden a una estricta selección: determinadas especies animales, y, con menos frecuencia, seres humanos y signos geométricos de complejas simbología.

    El porqué de la selección de las especies de animales es, como mínimo, controvertido. Los dos criterios comúnmente argüidos (animales comestibles y animales peligrosos en potencia) no corresponden a la realidad de las representaciones. Tampoco se han hallado explicaciones claras a la presencia de las criaturas híbridas compuestas por partes de distintos animales, e incluso con rasgos humanos, las cuales se han identificado, sin embargo, con hechiceros o magos. En cualquier caso, la presencia de los animales parece más necesaria que la del hombre, aunque este no se halle ausente de la pintura prehistórica. Aparte de las representaciones antropomorfas, las figuraciones más frecuentes son aquellas que reproducen parte del cuerpo como significación del todo. Quizá el ejemplo más singular sea el de las manos, tanto la izquierda como la derecha, representadas en negativo (la forma de la mano queda en reserva, mientras que se pinta la superficie de la roca que la rodea) o el positivo.

    Actualmente, han sido descubiertas casi 300 cuevas y abrigos bajo las rocas, así como una media docena de concentraciones rocosas al aire libre, que han conservado algunos miles de representaciones pintadas o grabadas, y a veces esculpidas en relieve. La mayoría de ellas se sitúan en España y en Francia, de forma más limitada en Portugal y en Italia y excepcionalmente en Europa central y oriental. Paralelamente, en los hábitats y en las sepulturas de aquellos cazadores paleolíticos de toda Europa han sido hallados miles de utensilios en hueso, astas de cérvidos, marfil, placas y bosques líticos, tanto grabados como pintados; miles de perlas, colgantes y otros elementos de adorno corporal, tallados y grabados en marfiles, huesos, conchas de moluscos, piedras, y algunos cientos de figurillas esculpidas en piedra blanda y marfil, que excepcionalmente están modeladas en arcilla y cocidas.

    Los creadores de todas estas formas minúsculas o gigantescas son los hombres de cromañónEn francés cromagnon, últimos conquistadores de Europa, hace unos 40.000 años aproximadamente. Hasta el final de la época paleolítica, hace unos 10.000-11.000 años, desarrollan culturas distintas, algunas de ámbito europeo, como las primeras, el auriñaciense y después el gravetiense, otras de ámbito y duración más limitados como el solutrense, en la península ibérica y en Francia hasta el Loira, entre 21.000 y 18.000 años, aproximadamente.

    La mayor cantidad y la más amplia variedad temática y técnica de representaciones paleolíticas corresponden al magdaleniense, que en un período aproximado de entre los 17.500 y los 11.000 años se extiende desde la península ibérica hasta la República Checa y Polonia. El arte magdaleniense de las cuevas y de los objetos es particularmente denso en el área franco-cantábrica, que comprende del PérigordPronunciado /Perigord/ a los Pirineos y el País Vasco, Cantabria y Asturias. Las dataciones efectuadas en LascauxPronunciado /lascó/ sitúan la realización de la representaciones de las representaciones a principios de la implantación magdaleniense en la región, hace unos 17.500 años aproximadamente. Las obtenidas en los famosos bisontes bicromos del techo de Altamira les asignan entre 15.000 y 14.000 años, es decir, corresponderían al momento en que el magdaleniense empieza a desarrollarse en todo el litoral cantábrico.

    Cada una de esta culturas paleolíticas ofrece una especialidad iconográfica, a pesar de la uniformidad de marco en el que se encuentran y de las formas de vida de los cazadores, cada cueva presenta una disposición original de las representaciones, impregnada de elecciones temáticas, técnicas y estilísticas propias. Sin embargo, existen unos rasgos constantes del arte paleolítico, perfectamente documentados en la cueva de Lascaux: son de orden técnico, pintura y grabado principalmente, y de orden temático.

    Los artistas paleolíticos representaron los animales selectivamente, los que habitaban en su entorno, cazaban (los grandes  herbívoros) o veían ocasionalmente (carnívoros). Pero sobre todo crearon formas geométricas simples como los puntos o trazos, o complejas, como los grandes signos cuadrangulares con divisiones internas dibujados en la profunda galería de Altamira o los blasones de Lascaux. Los signos son más numerosos que los animales, los cuales acostumbran a estar dibujados a su lado o sobre ellos. La temática incluye también, aunque de forma intermitente y en proporciones reducidas, representaciones humanas. Su expresión figurativas no sólo es mucho menos realista que la de los animales, sino también, y muy a menudo, extravagante (monstruos, máscaras) o simbólica (manos, sexos). Jamás un paisaje, ni un árbol, un una escena que relacione entre sí las distintas representaciones. Estas flotan sobre las paredes de las cuevas y de los objetos como en un mundo imaginario, salvo raras excepciones, una de ellas en Lascaux (en el Pozo), que amplifica la admirable ejemplaridad del arte paleolítico. (Por Denis Vialou; «Summa Pictórica: Historia universal de la pintura»)

Paleolítico

    Las muestras más primitivas de arte rupestre están constituidas por huellas de manos cercadas con trazos rojos, ocres, negros o amarillos; series de puntos, de discos; ejecución de simples siluetas, seguidas luego de dibujos lineales. Todo ello realizado todavía con tintas planas. La evolución paulatina de este arte condujo al apogeo pictórico de la época magdaleniense caracterizado por el triunfo de la policromía y el naturalismo, así como por el aumento de temas y obras realizadas.

    No obstante, una característica de la pintura del Paleolítico es la ausencia casi absoluta, salvo muy contadas excepciones, de la figura humana. Lo que sí existe es la representación de figuras antropomorfas vagamente insinuadas, siendo también frecuentes los dibujos de trampas, líneas y signos tectiformes (al que se le supone un significado y tienen forma de techo o cabaña).

Mesolítico y Neolítico

   Téngase en cuenta el profundo cambio de las relaciones sociales: descubrimiento de la agricultura, la ganadería y la cerámica y la vida sedentaria y urbana.

    Las primeras muestras de este nuevo arte fueron descubiertas en España (1903) en el Barranco de Calapatá (Teruel), seguidas luego de nuevos hallazgos en las provincias del levante español, desde Lérida (también Lleida) a Almería.

    Estas pinturas levantinas se encuentran siempre a plena luz del día, en abrigos naturales de fácil acceso. Nunca aparecen en cavernas obscuras y difíciles de descubrir. Destacan, entre otros, los abrigos de la provincia de Lérida (Cogul), Tarragona (Morella la Vella), Teruel (Charco del Agua Amarga), Castellón (Valltorta), Valencia (Araña) y Albacete (Alpera).

    En la iconografía de estas pinturas, las imágenes nunca aparecen aisladas, y la figura humana se convierte en el centro y eje de las distintas composiciones pictóricas, verdaderas escenas que apenas tienen algo que ver con las representaciones mágico-religiosas de la pintura paleolítica franco-cantábrica. Las diferentes escenas de los abrigos levantinos revelan, asimismo, la existencia de un nuevo tipo de población, con actividades y modos de vida distintos. Incluso la fauna en ellas representada pertenece a un clima más cálido. El norte de Europa (Noruega, Suecia, Finlandia y norte de Rusia) tiene las mismas características, en líneas generales.

    Son escenas de un extraordinario valor narrativo, realizadas, además, con un intenso dinamismo vital, exagerando incluso los rasgos de movimiento. Repetidas veces se representan las luchas entre distintos bandos de arqueros, o las movidas y dinámicas escenas de caza, carreras de arqueros, danzas y escenas relacionadas con la agricultura y ganadería.

    Al final de Neolítico aparece en la península ibérica otro importante ciclo artístico, independiente de los anteriores y conocido como «arte esquemático».

    La tendencia a la esquematización y estilización se acrecienta durante el transcurso del período neolítico, produciendo un arte que bien puede denominarse abstracto. Los seres naturales se convierten en meros símbolos. Así, la figura humana se reduce, a finales del Neolítico, a la ejecución de dos o tres trazos geométricos, generalmente se transforma en una línea vertical con círculos que representa las extremidades, o en un triángulo con dos puntos para indicar los ojos.

    Este arte esquemático se difunde entre las poblaciones de pastores nómadas del interior y actualmente se documentan abundantes hallazgos en numerosas serranías peninsulares, si bien abundan con preferencia en la zona de Sierra Morena. Cueva de los Letreros en Almería, Tajo de las Figura en Cádiz, ídolo de la peña de Tú en Asturias y grabado de Mogor de la Ría de Marín en Pontevedra.

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